MORTGAGE


Party lights 
2002



Circulo de Bellas Artes. Madrid.



Miren Jaio.

Una escena cotidiana: unos ocupantes y aspirantes a propietarios de un piso que no acaban de pagar. A partir de esta escena de arranque, se plantean dos escenarios posibles, los dos preámbulo de un desastre terrible:

Escenario de desastre número 1: el desahucio. Los ocupantes, generalmente familia numerosa de primera clase, son expulsados del piso por impago. Este escenario, ideal para una novela rusa decimonónica, suele resultar indefectiblemente en el inicio de una tragedia (el descenso a los infiernos) o, más a menudo, en el fin de ésta (y es que mucho más abajo no se puede llegar).
El escenario de desastre número 2: la hipoteca. La familia numerosa de primera clase sigue en el piso, mientras se afana en pagar un crédito del que jamás se librará. Este segundo escenario de desastre es más rico en soluciones narrativas. Así, podemos encontrarnos la hipoteca como melodía de fondo en géneros literarios de tanta enjundia como el costumbrismo garbancero, la novela picaresca castellana, el drama existencial centroeuropeo o la sátira social caribeña.

Las etimologías de estos dos escenarios de desastre son reveladoras: el término “desahuciar” significa “quitar a uno toda esperanza”; el término “hipotecar” viene del griego y significa “poner debajo”. El “desahucio” es como la muerte súbita, definitivo; la “hipoteca” es como Dios, aprieta pero no ahoga. Así, desde el punto de vista narrativo, la rutina crónica de la hipoteca es infinitamente más deseable que la ruina terminal del desahucio. Porque, mientras hay hipoteca, hay esperanza. Y hay narración.
Sigamos pues la pista de esta realidad cotidiana que caso de reencarnarse en canción lo haría sin duda en el “Killing Me Softly” de Roberta Flack. En los últimos meses la tediosa hipoteca se ha convertido en noticia de portada. Rezan los titulares: “Millones de personas atadas a una hipoteca (si suben los tipos de interés, mucha gente acabará sin casa)”.

Así, aunque la hipoteca siempre ha estado aquí, ahora resulta que su amenaza es mayor que nunca: está en todas partes y afecta a todo el mundo. Claro, se dirá, hay gente a quien la hipoteca rehuye como la peste. Pero ésos, fijo, no son gente, son entes de otra galaxia. Así, la hipoteca es una realidad que, más que democrática, es consustancial al ser humano, tanto como la sombra propia o el ADN. Cierto es que no llegamos al mundo cargados de hipotecas. Pero, tranquilidad, sólo es cuestión de esperar: nace un tipo cualquiera al mundo y, casi sin enterarse, acaba con una hipoteca subida a la chepa. Y, ya se sabe: una vez que la hipoteca entra en nuestras vidas es casi imposible librarse de ella. Porque la hipoteca es así, humana, indeleble... inevitable.

Así, la hipoteca no es sólo una nueva amputación a la, de siempre, maltrecha noción de libertad individual. No. La hipoteca es como un mecanismo de precisión con una bomba de relojería a punto de estallar en su interior. Porque en el tour de force con la hipoteca, ésta tiene las de ganar. Así, el estado de aquel que la padece es fatal, idéntico al de la víctima de las películas de Fu-manchú que, amordazada y atada a una silla, espera mientras una gota tras otra le cae sobre la frente.
Pavorosa proliferación de hipotecas. Pero ¿una hipoteca en una galería? Eso no pega ni con cola. Ya ni un parado en una galería cobrando el sueldo mínimo resulta una rareza. Pero, ¿una hipoteca suelta por la galería, sembrando el pánico y
recordando que ahí fuera hay más como ella amenazando con entrar? Pues sí, ya no se está a salvo en ningún lado. Ahí está, en mitad del cubo blanco, luminosa y amenazando con precipitarse sobre nuestras cabezas de un momento a otro. Y ya puestos, si es cuestión de padecerla, celebrémosla: “¡Arriba esa hipoteca!”, “¡Que viva la hipoteca!”... porque siempre es mejor jalear una hipoteca ondeante que hacer lo propio con una bandera, digo yo. Y, que no se olvide: mientras hay hipoteca, hay esperanza.



Miren Jaio.